Acostumbrarse y adaptarse

Hace ya algunos años reflexionaba sobre esa frase que escuchamos a menudo: “los niños se acostumbran a todo” o “hay que acostumbrarlo a….”. Mi reflexión giraba en torno al hecho de que, cuando hablamos de niños, acostumbrarlos a algo suele suponer introducir en sus vidas (intencionadamente por parte de los adultos) algo desagradable para ellos, y suele hacer referencia a algo que consideramos negativo (para nosotros, en mi opinión) cuando son los niños quienes supuestamente se acostumbran (se ha acostumbrado a los brazos, a venir a nuestra cama cada noche, etc…). La reflexión completa la puedes leer aquí.

Ciertamente es así como utilizamos esa palabra y, antes, en una versión menos actualizada de mí misma, tenía la creencia de que sólo necesitamos acostumbrarnos a cosas mayormente desagradables, que requieren un esfuerzo, o que no son espontáneas ni orgánicas en nosotros. De hecho hay otra frase que avala esta creencia que dice “a lo bueno se acostumbra uno rápido”. Pues hoy, años más tarde y varias actualizaciones personales después, me venía que incluso a algo mejor, algo que mejora nuestra calidad de vida, podemos necesitar de un tiempo para integrarlo, aceptarlo y disfrutarlo plenamente. Aunque en este caso siento que la palabra más apropiada sería ADAPTACIÓN. Imaginemos que vivimos nuestra cotidianidad de una forma en la que hemos incorporado costumbres, formas de actuar, de vivir, de relacionarnos que nos son útiles o nos permiten funcionar medianamente bien en el mundo. Como todo se puede mejorar, de repente nuestra realidad cambia, cambio de trabajo (a uno mejor), cambio de pareja (a alguien con quien tenemos mayor afinidad), cambio de casa (a una más bonita o que se adapta mejor a nuestras necesidades), cambio de coche (uno más nuevo y de mayor calidad), etc… y a pesar de ser conscientes de la mejoría necesitamos un período de adaptación.

Sí, quizás parezca un poco triste, al menos a mí me lo pareció cuando comencé a reflexionar sobre esto, pero es curioso que, hasta para mejorar nuestra calidad de vida, necesitamos un período de adaptación, así somos como seres humanos, nos “acostumbramos” a todo, tal como reza aquella frase de mi reflexión anterior.

Y pensando en estas dos palabras y en la diferencia entre ellas, en mis propios procesos de adaptación de los últimos años, que no han sido pocos y todos a mejor sin ninguna duda, me surgió la famosa “Adaptación” del colegio que muchos padres y niños viven con cierta angustia cada comienzo de curso. Como muchas de las personas que ya me conocen y me leen desde hace tiempo sabrán, yo no creo en la educación pública, y mucho menos en la escolarización temprana. Al menos, no como algo que aporte un beneficio a los niños. Si somos honestos con nosotros mismos y a  poco que observemos la realidad de nuestros hijos, es fácil darse cuenta de que la mayoría de los niños menores de 4 años lo que necesitan es estar en familia, relacionarse con el mundo desde la seguridad que ofrecen las figuras de apego que hasta ese momento el bebé/niño haya establecido. Lo que no es tan fácil reconocer es que, escolarizamos cuando las necesidades adultas (trabajo y horarios laborales principalmente) lo requieren a pesar de que nuestros hijos aún puedan no estar preparados para vivir esa experiencia como algo que mejora su calidad de vida y adaptarse verdaderamente a ella, en lugar de simplemente acostumbrarse.

Pues bien, cuando mi hija tenía casi 4 años, pidió ir al colegio… supongo que como le suele pasar a todas las madres y padres del mundo, mi hija vino a poner a prueba mi propia resistencia a la escolarización, ante la que yo, por supuesto, cedí. Elegimos para ella una escuelita Waldorf, por ser el entorno más respetuoso que conocíamos, y el proceso de adaptación fue de un mes, un largo mes en el que yo la acompañaba y me quedaba con ella, cada día más tiempo, pero en el que, a poco que yo saliera del colegio y me diera un paseo por fuera, mi hija ya no quería estar allí. Al  mismo tiempo, madrugar e implantar las rutinas para poder ir al cole era un suplicio, pero aún así ella quería ir y llegábamos tarde con frecuencia. Después de un mes y sin ninguna necesidad laboral o de otro tipo que me impidiera seguir acompañando a mi hija en casa, decidí que, definitivamente y por más que ella lo hubiera expresado, no era su momento, pues si el colegio verdaderamente mejoraba su calidad de vida, si de verdad ella necesitaba ese ambiente para desarrollarse mejor, la adaptación habría sido exitosa y, desde mi punto de vista, no lo fue. Dentro del colegio, muchas veces sus compañeritos entraban a clase mientras ella se quedaba conmigo fuera, en el patio, solas las dos jugando en el arenero, ante lo cual yo me planteaba si no sería más efectivo y práctico poner un arenero en casa.

Seis meses más tarde Noa entró en una escuelita unitaria, con un ambiente mucho más estructurado que en la escuelita Waldorf, aunque muchísimo más respetuoso que lo que suele ser la norma en la educación pública, y, como no teníamos previsto escolarizarla, entró un mes más tarde de lo que comenzaron sus compañeros. La adaptación duró media hora, después de la cual ella se quedó sola en clase disfrutando e integrándose como si llevara allí toda la vida. Se levanta temprano ella sola la mayoría de los días, y habla mientras desayuna de las cosas que va a compartir con sus compañeros o su profesora ese día. Si un día no quiere ir, no va, pero cuando han llegado las vacaciones lo normal es que le resulten largas y eche de menos las experiencias que allí tiene. Algunos días vamos con ilusión y, al llegar allí (sobre todo si hemos llegado tarde y sus compañeros ya están en clase) una timidez extrema o miedo la invaden y no quiere entrar. En esos casos la acompaño, me quedo la primera media hora en su clase (la profesora es maravillosa y no sólo nos permite estas licencias sino que nos apoya) y ella vuelve a sentir que prefiere quedarse allí que volver conmigo a casa.

Algo que facilitó la experiencia, a mi entender, fue mi propia seguridad y confianza en el proceso. En el momento en que tomamos la decisión de escolarizar, realmente no teníamos otra opción, fue un momento complicado en nuestra vida familiar y la situación lo requería. Así que, en lugar de vivirlo como un fracaso, una ruptura con mi sistema de creencias, o una frustración,  lo viví como una oportunidad que la Vida me brindaba, a mí y a mi hija, algo que, de alguna manera, llegaba en el momento oportuno porque era necesario para nuestro crecimiento como familia, de lo que ambas nos enriqueceríamos aunque en ese momento pudiera parecer otra cosa. Y así ha sido realmente. No sé qué pasará el curso que viene, dado que ese oasis perdido de la educación  pública lo cierran a finales de este curso 2013/2014 y mis convicciones sobre la educación pública no han cambiado en lo básico, pero lo que sí sé es que mantenerme en mi confianza en la Vida y centrada en ser un apoyo vibracional y energético para mi hija, puede hacer que cualquier situación, por imprevista o desagradable que parezca en un principio, facilita el tránsito. Y esta conexión con mi Ser, con la Vida, con ella… es, para mí, la base de todas las relaciones humanas, pero más intensamente, en el acompañamiento a nuestros hijos e hijas.

Sigo sin creer en las “bondades” de la educación pública, sigo pensando que el crecimiento y la educación en casa es mucho más completo, más integral que en un colegio, mayor cuanto más pequeño es un niño, pero las realidades tan variadas de cada familia pueden hacer que las circunstancias requieran algo diferente y, para mí el hecho de sentirnos presentes, habitarnos, conectar con nuestra esencia y con las de nuestros hijos es el recurso más valioso que tenemos para asegurar un tránsito más fácil y amoroso en cualquier situación que la Vida nos traiga.

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One Response to Acostumbrarse y adaptarse

  1. Mari Carmen says:

    Muchas gracias! Como siempre trayendo rayos de luz a nuestros caminos. Gracias por compartir. Un abrazo

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