EL PODER DEL PERDÓN

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Casi cualquier persona sobre la Tierra habrá escuchado o leído alguna vez lo importante y liberador que es perdonar y perdonarnos para sanarnos. O que el resentimiento sólo daña a aquel que lo siente. Lo que nunca antes había leído, ni escuchado es que pedir perdón pudiera liberar o sanar a otros.

 

Hace algunas semanas contactó conmigo una gran profesional y bellísima persona para comenzar una relación de colaboración laboral, en torno a la infancia y a las familias que emprenden la maternidad/paternidad de un modo más consciente. Conocí así a su familia, formada por su marido y su hijo, un niño muy especial de tan sólo un año de edad. A lo largo de las reuniones que hemos tenido para crear nuestro proyecto común he tenido la oportunidad de conocer a su hijo, Guillermo, un poquito más de cerca. Cuando mi hija tenía esa edad, yo sentía que había mucha comunicación entre nosotras, mucha más de la que la gente cree capaz a bebés de esa edad. Pero siempre pensé que era producto de mi convivencia y mi conexión con ella, yo veía, sentía y leía en sus gestos, en su mirada, en sus intentos de lenguaje… mientras que el resto de las personas no la veían como yo. Con Guille me ha pasado algo parecido. No sé si es porque hay una conexión con él que no he tenido con otros bebés aparte de mi propia hija, o simplemente porque él tiene muchas ganas de ser entendido y expresa vehementemente lo que otros bebés quizás sólo comunican a sus mamás.

 

La situación es que la mamá de Guille y yo hablábamos sentadas en el suelo de una gran sala diáfana mientras Guille la recorría con sus pasos de recién iniciado en el arte de caminar, un poco tambaleantes porque además tenía sueño  y estaba cansado, cuando tratando de llegar a su mamá se tropezó con mi pierna y se cayó al suelo. Yo no me había movido ni un centímetro, pero él no calculó bien y se tropezó conmigo. Lo ayudé a levantarse y lo consolé, mientras su mamá lo cogía para darle teta y consolarlo también. Él cogía la teta y la soltaba para mirarme a mí y expresar su emoción mientras yo le contestaba con frases como: ¿te caíste? ¿te hiciste daño, verdad? Y otras por el estilo con las que trataba de darle a entender que comprendía su dolor, aunque en ningún momento me hacía ni lo más mínimamente responsable de él, por supuesto… al fin y al cabo, él se tropezó, yo no hice nada para que se cayera, ni siquiera sin querer. Pero Guille no se conformaba con eso y seguía insistiendo en su lengua, con sus miradas  y sus gestos expresaba algo parecido a una queja. De repente y sin saber porqué, simplemente le dije: perdona, Guille, lo siento, asumiendo una responsabilidad que, podría parecer que no me correspondía. Guille me sonrió, dejó de quejarse y volvió a su reconfortante teta, visiblemente  satisfecho. Esto me hizo reflexionar mucho sobre los efectos del perdón. Puede parecer que yo no hice nada para que él se cayera, verdaderamente no lo hice, pero estaba allí y eso fue suficiente para él. No pedí perdón de entrada porque no asumí que tuviera que hacerlo, porque pedir perdón parece que implica aceptar que cometimos un error, consciente o inconscientemente, que hicimos daño, que somos “culpables” de algo, que sentimos arrepentimiento por nuestra actitud y si no tenemos estos sentimientos no hay razón alguna para pedir perdón. El caso es que, después de esta situación con un niño de tan sólo un año, me planteé que quizás, pedir perdón sea un acto de amor, no sólo con nosotros mismos cuando perdonamos a otros o a nosotros, sino también hacia las personas con las que interactuamos.

 

En el grupo que facilito también surgió el tema con todas estas resistencias. ¿Por qué no podemos pedir perdón sin aceptar esa carga de la culpa, el error o el arrepentimiento? Una pareja, ella contó su vivencia de un parto que no deseaba, que no planificó así y lo sola y desamparada que se sintió. Él se sintió impotente, pensaba que era más fácil… no sabía que las cosas se pudieran complicar tanto. Le pregunté: ¿Te gustaría pedirle perdón a tu mujer y a tu hijo? Su respuesta fue: Yo hice las cosas lo mejor que pude y no tengo que pedir perdón por nada porque no tenía más herramientas.

 

Evidentemente todos hacemos siempre lo mejor que sabemos. Pero ¿y si esto no nos exime de la responsabilidad que tenemos en cada situación por el simple hecho de ser parte de ella?. Como yo al estar sentada en el suelo y ser la responsable en alguna medida de que Guille se cayera. Si al pedir perdón no asumo culpa, arrepentimiento, error ni dolor, si sólo pido perdón por ser parte de un doloroso aprendizaje en tu vida porque te amo, ese perdón que pido también es sanador para ti, tanto como el que siento por quienes me han ofendido, o por mí misma cuando realmente me equivoco o me he creado una situación dolorosa.

 

Empiezo a vislumbrar que liberar el gesto de pedir perdón de otras cargas que quizás no le corresponden (asumir la culpa, el arrepentimiento, pensar que pudimos hacer algo diferente, que nos equivocamos…) podría tener efectos generativos en los demás ¿No sería tan sólo un acto de amor que no implica ningún castigo ni consecuencia hacia mí misma? Mi propia hija me lo muestra constantemente, el simple hecho de pedirle perdón la calma, la tranquiliza, la alivia casi de cualquier situación en la que yo me vea implicada aunque, en muchas ocasiones, no soy yo la que controla todo lo que sucede, pero viene a ser algo así como un acto de empatía en que, de algún modo inexplicable aún para mí, asumo la responsabilidad de estar ahí y conecto con su emoción.

 

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