SENTIR (segunda parte)

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Hace una semana leía esta frase: NACEMOS PARA ENCONTRARNOS, LA VIDA ES EL ARTE DEL ENCUENTRO.

Mirando alrededor casi parece que la vida es el arte del desencuentro. Los miedos, los juicios hacia uno mismo y hacia el otro, la falta de empatía y compasión nos lleva al desencuentro constante con los demás. La VIDA se reduce a momentos, breves momentos de encuentro en los que, en la mayoría de las ocasiones, si traspasamos cierta línea de intimidad casi sin darnos cuenta, salimos despavoridos hacia el lado opuesto. Es cierto que hay personas que se permiten márgenes más amplios que otras, pero la triste realidad es que caminamos por la vida con nuestras defensas puestas, así andamos el  95% del tiempo, a menos que hayamos tomado la decisión consciente de exponernos a cada instante y, aun poniendo toda nuestra consciencia, no es fácil ir desnudo por la vida y mantenerse en esa honestidad con uno mismo pase lo que pase.

¿Por qué cuando termina una relación de pareja el odio y la rabia hacia esa persona es mucho mayor que hacia otras personas con las que hemos tenido una relación menos intensa y que igualmente ha terminado en decepción? Pues creo que es justamente porque nos permitimos ampliar nuestros márgenes hacia esa persona, porque nuestras defensas y personajes cayeron con él o ella como no permitíamos que cayeran… sólo una relación de amor nos permitía esa licencia y ahora sentimos que el amor se ha ido y nuestra desnudez nos hace vulnerables a alguien a quien pensamos que ya no le importamos, alguien que seguramente esté tan resentido/a como nosotros mismos y que tome esas decisiones que sólo salen desde el lugar del MIEDO ahogando todo el AMOR que nos unió y que, por más que nos pese, aún nos une.

Recuerdo un capítulo de una famosa serie en la que mostraban como unos médicos jóvenes en proceso de aprendizaje, daban la noticia a los familiares sobre el fallecimiento de un ser querido. Claramente distantes, sin implicarse, aplicando los pasos en los que les habían instruido  de manera impecable, quedando inmunes al dolor, manteniéndolo a raya, bloqueando toda su empatía hacia esos familiares que recibían una de las noticias más dolorosas que podemos recibir. Una cirujana más experimentada, que hacía poco tiempo que había estado en el lugar de ese familiar que recibe la noticia, decide darles una lección bien distinta: implicarse, conectar con esa persona, con su dolor, sentirlo y dejar espacio para que eso sea lo único importante en ese momento. A partir de ese momento la experiencia de estos médicos recién iniciados cambia por completo. Sufren más pero también viven más, experimentan, sienten, reflexionan y toda la experiencia ajena es un aprendizaje propio en ese encuentro más real y cercano. Así pues, sincrónicamente, sentir cada experiencia, permitirse la valentía de abrirse al dolor, al placer, a la angustia, a la euforia, a lo que en cada momento ocupe un lugar de nuestras vidas, hacerle hueco, dejarlo ser, dejarlo estar, permitir a cada sensación el espacio que ocupe, durante el tiempo que necesite hacerse en nosotros… ese es regalo de esta vida, el regalo que, irónicamente, la mayoría de personas intenta evitar… nada que desborde, nada que se salga de mi control.

Donde hay miedo, no hay amor.  Cuántas de estas experiencias serían enriquecedoras sin la voz constante de la mente diciéndonos lo que está bien o mal sentir. Cuántas cosas percibiríamos en la aceptación de todo lo que sucede en nuestro interior, cuánta vida nueva viviríamos sintiendo, simplemente, sintiendo, sin etiquetar ninguna sensación, llorando y riendo cuando la emoción nos mueva en la consciencia de que ninguna de las dos expresiones es mejor o más adecuada que la otra…

Si la vida es el arte del encuentro, bloquear lo que somos, impedirnos sentir, es el arte del desencuentro. Si la vida es el arte del encuentro y practicamos el desencuentro, estamos muriendo en lugar de viviendo. Encontrémonos en el amor avanzando a pesar del miedo. Hagamos de nuestras vidas un arte del encuentro con nosotros y con el otro, unos y otros somos el mismo UNO.

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SENTIR (primera parte)

entender-o-sentirSENTIR (parte 1)

 

No me he parado a analizar de dónde viene ni a elaborar hipótesis sobre el origen y las causas, como suelo hacer con todo lo que me rodea. Siento que vivimos en una sociedad que da mucha importancia a los síntomas,  a lo visible y jamás se plantea el origen de las cosas ¿de dónde viene y cómo se produce esto que me preocupa ahora y de lo cual sólo veo una parte que acapara por completo mi atención? Por esta sensación de desatención a los orígenes de las cosas, las conductas, la rabia, la enfermedad, el dolor…  es por lo que siempre voy más allá de lo observable, tanto en mi consulta como en mi vida personal.

Pero de lo que hoy me apetece hablar, es algo que vengo observando hace tiempo, mucho tiempo y a lo que no podía siquiera nombrar. Es como cuando una idea te ronda y no la puedes pensar, sabes que está flotando a tu alrededor porque de repente te viene como una luz, una pista y con la misma rapidez se va sin que te dé tiempo a alcanzarla, a elaborarla.

Veo a mi alrededor un mundo de personas con miedo a sentir. En un primer momento se podría llegar a pensar que sólo tienen miedo a sentir el dolor, la frustración, la tristeza… pero con una mirada más profunda, una mirada que me permite el hermoso trabajo de acompañar personas en sus procesos vitales, puedo vislumbrar que no se trata sólo del dolor sino de cualquier tipo de emoción de cierta intensidad. He conocido personas que tienen miedo de la felicidad también. Tienen miedo de sentir un placer tan intenso que les haga perder el control. Tienen miedo de sentirse plenas con su vida fácil y hermosa por si todo cambia de repente, como si un castigo esperara al acecho en cualquier esquina cuando son felices. Por eso no se permiten disfrutar de todo lo bueno que hay en sus vidas en un momento dado.

También he conocido personas con tanto miedo a la pérdida, al dolor, a la decepción… que no se permiten tener nada en sus vidas que en algún momento les pueda llevar a esas sensaciones. Creen que así tienen controlada su dosis de dolor sin darse cuenta de que en realidad nunca han controlado nada ni nunca controlarán nada.

En el ámbito profesional, conozco muchos médicos, psicólogos y personas que acompañan a otros en los procesos vitales más dolorosos que mantienen la distancia para no sufrir, no empatizar y mantener a raya sus emociones. Nos enseñan así, nos adiestran así: ¡mantente lejos!

Honestamente, yo no sé para qué estamos aquí, qué hacemos en esta vida ni si hay algo más allá. Pero si me preguntaran y tuviera que arriesgar una respuesta, posiblemente diría que estamos aquí para sentir, porque nuestro cuerpo es un excepcional receptor de sensaciones de todo tipo y hemos venido a sentirlo todo, todo lo que nos toque, sin esquivar nada.

No pretendo decir con esto que nuestras vidas deberían ser una montaña rusa de emociones todo el tiempo, pero sí que podríamos abrir nuestra capacidad emocional para sentir todas las emociones y sensaciones que se nos brindan y que esto nos permitiría una vida mucho más rica, intensa y plena sin que pasaran cosas en ella necesariamente espectaculares. Sentir y soltar… sin aferrarse a nada. Sentir lo que ahora toca sin preocuparse por lo que toque después ni por lo que tocó ayer. Sentir lo que nos avergüenza, lo que nos entristece, lo que nos da placer, lo que nos deflagra… en la confianza de que todo es un constante devenir, que todo pasa a través de nosotros y no tiene porqué quedarse a menos que pongamos nuestra voluntad (la mayoría de las veces inconscientemente) en ello.sentir y crear

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CONSCIENCIA Y VIOLENCIA

10247456_625886917486990_1441677303101297611_nEl otro día alguien que cree en la educación respetuosa, alguien que tiene una filosofía de crianza similar a la mía me dijo que su hijo había tenido un comportamiento violento con una persona mayor y que ésta persona mayor estuvo a punto de pegarle, como por inercia, y ella a punto de permitirlo para que aprendiera sobre límites. Me confesó que a veces tiene ganas de pegar a su hijo cuando se pone así de violento.

Agradezco su honestidad en contarme todo esto porque gracias a ello he podido reflexionar mucho sobre esta dualidad. Creer en un tipo de educación porque nos la han explicado, porque de una manera digamos… razonable pensamos que es lo mejor, ni por asomo es lo mismo que integrarla o haberla vivido. De ahí que tengamos ciertas ideas sobre cómo queremos educar y luego veamos como salen fantasmas de nuestro interior en algunos momentos.

Siento que todos aquellos que estamos eligiendo una crianza distinta, respetuosa, tratando de dar mayor voz y voto a los niños tenemos un reto muy muy difícil ante nosotros. Es importante ser comprensivo y compasivo con nosotros mismos. Estamos intentando dar a nuestros hijos lo que, como hijos, no tuvimos. Y en algún lugar de nuestra mente, aunque sea muy al fondo, hay creencias que afloran en algunos momentos, bien por una situación estresante, bien porque nos quedamos sin recursos y no sabemos qué hacer. Así que es normal que alguna vez tengas ganas de pegar a tus hijos si tus padres usaban ese recurso cuando eras niño y te desbordabas.

Pero al igual que en otras áreas de la vida, cuando nos quedamos sin opciones, nos vemos forzados a crecer, a abrir nuestra mente y explorar nuestra infinita creatividad para solucionar problemas. Aunque en este caso, si nos quedamos sin opciones y en algún lugar recóndito de nuestro ser queda esa opción descartada de pegar como un modo de poner límites, es más probable que recurramos a esa opción antes de explorar nuestra creatividad.

¿Qué pasa si pegarle a otro ser humano, tenga la edad que tenga, deja de ser considerada una opción? Pues lo que pasa hoy en día en la mayoría de las parejas que ya tienen integrado en todas las células de su cuerpo que por más problemas que tengan entre ellos, pegar al otro no es la solución. Es una cuestión de consciencia y la consciencia es evolutiva. Mientras hace unos años se consideraba normal que un marido le levantara la mano a su mujer, hoy ya no es tan normal y los hombres han ido integrando esto en su psique, de tal manera que hagan lo que hagan las mujeres, esa opción no está disponible en una gran mayoría de hombres. Recurrimos al diálogo, al enfado, dejamos de hablarnos días o semanas, pedimos el divorcio o damos ultimátums, pero jamás se nos pasa por la cabeza pegar a nuestra pareja porque tengamos problemas con ella. Y estas opciones a las que ahora recurrimos, tampoco es que sean las únicas, de hecho son formas de castigo también, pero son un paso intermedio en favor de la auténtica comunicación entre seres humanos, de conocerse y conocer al otro, de servir al amor que somos y que nos une en cualquier situación, pero si aún necesitamos estar una semana sin hablarnos para reflexionar y llegar a acuerdos, siempre será mejor que recurrir a una paliza y como paso evolutivo que es, hay que valorarlo.

Y al mismo tiempo sigue existiendo la violencia de género y siguen existiendo patrones que provienen del pasado, sólo que socialmente ya son censurados y se toman medidas para evitar que un colectivo que ha estado años en desventaja siga siendo violentado de manera sistemática. Hay información y recursos nuevos para erradicar algo que, como sociedad en constante evolución, sabemos que no nos lleva a donde queremos dirigirnos.

Estamos creciendo como seres humanos, estamos eligiendo constantemente, incluso cuando evitamos tomar una decisión seguimos eligiendo. Cada reto, cada desafío, en la pareja, en la crianza, en las relaciones en general, nos dan la oportunidad de revisar nuestros objetivos, hacia dónde vamos como ser humano. Sigue existiendo violencia en cada uno de nosotros, no se nos juzga por desear hacer daño a otra persona a menos que pasemos del sentimiento a la acción. Así que podemos darnos la oportunidad de esa honestidad con nosotros mismos, reconocer ese deseo de agresión y utilizarlo para cuestionarnos en qué punto estamos nosotros, cuanta violencia queda aún que no hemos conseguido limpiar de todo lo que traemos como ser individual y como colectividad humana. Y en esa gratitud de vernos, podemos transformar y elevarnos a otras formas de relación y comunicación con nuestros semejantes, sean hijos, padres, parejas o vecinos.

Nuestros hijos e hijas y los sentimientos menos hermosos que despiertan en nosotros, son el mejor barómetro para indicarnos dónde estamos realmente… por muchas teorías que tengamos, mientras cualquier tipo de violencia siga siendo una opción (castigos, golpes, gritos, amenazas…), mientras quede en nuestro interior ese impulso de ataque a quien es más débil,  significará que hay aún mucho trabajo por hacer dentro de nosotros y, visto desde este lugar, no hay reto que no podamos afrontar y resolver en aras de una forma más amorosa de vivir, de comunicarse y de convivir.

Antes de cuestionarme cuantas guerras e injusticias hay en el mundo, antes de llorar por los conflictos armados y los niños que mueren, debo examinar cuánta ira y violencia queda aún dentro de mí.

En palabras de Gandhi:

Nadie puede hacer el BIEN en un espacio de su VIDA,
mientras hace DAÑO en otro.
La vida es un todo indivisible.

SE el CAMBIO que quieras ver en el mundo.

 

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SENTIRNOS SOLOS ES PARTE DEL PROCESO

1463041_10206179076735127_1194923744153060020_nCuando una persona acude a terapia, sea del tipo que sea, normalmente ya hace mucho tiempo que está viviendo una vida que no es la que quisiera, o está viviendo la vida que cree que le toca desde un lugar de resistencia y conflicto, consigo mismo y con los demás.

Mi trabajo, normalmente, se centra en averiguar qué es lo que desea esa persona, cuáles son sus limitaciones para vivir esa plenitud que anhela, trabajar la propia responsabilidad en la vida que estamos eligiendo a cada paso, cambiar las creencias limitantes por otras que ayuden al Ser a expandirse, cuestionarlo todo, sobre todo aquello que nos esclaviza y nos hace infelices. Donde decimos: “es que no tengo otra opción”, yo abro la puerta de las opciones y pregunto: “¿de verdad no tienes otra opción?”.  Y SIEMPRE HAY OTRA OPCIÓN, NORMALMENTE MUCHAS MÁS.

Cuando somos víctimas de una situación, cuando decimos no puedo, no tengo otra opción, obtenemos un beneficio que no siempre podemos ver con claridad. En nuestra sociedad las víctimas son cuidadas, protegidas, auxiliadas y también son las receptoras de todas las agresiones. ¿Somos víctimas porque nos agreden o nos agreden porque nos sentimos víctimas?

A través de un proceso como el que yo propongo a quienes buscan mi ayuda (y estoy segura de que no es el único), vamos desvelando capas y capas de esos beneficios con los que nuestro pequeño ser, nuestro ego o como queramos llamarlo, se conforma, tales como la aceptación y la simpatía de aquellos a quienes amamos. Y vamos encontrando nuestro verdadero poder interior para crear la vida que realmente nuestro corazón desea experimentar y podemos ver que los beneficios de esta nueva elección son mucho mayores y sólo dependen de nosotros mismos. Es aquí cuando comienza la conexión real con nuestro poder creativo, cuando comenzamos a explorar todo el universo de posibilidades que siempre hemos tenido ante nosotros y que ahora nos parecen tan evidentes.

Y sucede que, en algún momento de este proceso, nuestros seres queridos, nuestras familias, nuestros amigos empiezan a notar un cambio en nosotros y la presión que ejercen comienza a jugar en contra. Lo que antes eran avances, de repente se experimenta como un estancamiento, frustración, dolor. Dejamos de contar con el apoyo de nuestros seres queridos y esa es una pérdida de beneficio para nuestro pequeño ser demasiado importante para obviarla. Sin embargo, a todos aquellos que se atreven a seguir creciendo, a seguir haciéndose cada día más responsables de sí mismos, a confiar en sí mismos y en su proceso vital, a desapegarse de lo que suceda con sus relaciones personales, a cambiar de amigos y seres queridos si es necesario, a rodearse de nuevas personas con las que compartir la vida desde un lugar de creadores y no de víctimas, a todos estos valientes les sucede algo curioso. Experimentan un período de soledad, un tiempo en el que todos los que antes eran importantes en su vida se retiran, se alejan, se enfadan, protestan… y a través de la confianza y la entrega de todos los sentimientos que esto produce a quien está en proceso de dar un giro a su vida, de repente se encuentran con un día en el que todo se vuelve a colocar. Es como si una repentina aceptación embargara a todos los que se rebelaban en un principio. Algunos no vuelven, normalmente relaciones demasiado tóxicas que no nos convenían, pero la mayoría vuelven y empiezan a aceptar nuestra nueva vida, nuestra nueva manera de estar en el mundo y, en no pocas ocasiones, nos convertimos en el epicentro de un nuevo comienzo para aquellos a quienes más amamos.

En palabras del gran Wayne Dyer: no mueras con la música aún dentro de ti.

 

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VERDADES Y MENTIRAS

21205_813960902005447_4662129777388052201_nHa fallecido el niño de Olot que contrajo difteria hace 28 días. Mis más profundas condolencias a los padres, considero que perder un hijo es la peor experiencia que podemos tener en nuestra vida adulta. Desde aquí les envío toda mi empatía, mi apoyo y amor, deseando que les llegue y, aunque sea durante un segundo, les alivie el dolor que sienten.

He leído tantos comentarios sobre este tema, comentarios acusadores hacia la decisión de unos padres que creían que hacían lo mejor para sus hijos. He leído otros mensajes de condolencias que, aunque no culpabilizan de forma directa, dejan translucir claramente que están en contra de la supuesta irresponsabilidad de no vacunar a los hijos.

Y siento una pena inmensa por esos padres, pero también por todos nosotros que nos atrevemos a hacer leña del árbol caído, por la humanidad que perdemos en cada juicio hacia el otro, en cada acto de posicionamiento que nos enfrenta a nuestros semejantes en lugar de acercarnos.

Es un hecho que algunas vacunas también han causado muertes en otros niños, este mismo año precisamente… En esos casos nadie culpa a los padres de vacunar de una enfermedad muy poco presente en nuestra sociedad para prevenir algo que es bastante improbable que contraiga arriesgándose a inocular en un cuerpo vulnerable y en desarrollo algo que ni saben cómo se fabrica, ni qué garantías tiene, ni qué posibles efectos adversos, ni qué porcentaje de complicaciones en el caso de que la enfermedad se presentara, etc… Y es que, es así. Vacunar se ha convertido en un lavado de cerebro tan grande que nos han hecho creer que eso es lo correcto, lo normal, lo que todo el mundo hace y casi ningún padre o madre sabe qué está metiendo en el cuerpo de su hijo en realidad, porque ni lo preguntan o, si lo hacen, nadie les cuenta los detalles. Vas con un bebé indefenso de dos meses al que le meten 3 virus en una jeringuilla, junto a algunos materiales considerados perjudiciales para salud pero que son necesarios para estabilizar a esos virus y está bien, nadie se cuestiona nada. Los prospectos de esos medicamentos no los vemos, no nos dicen los pros y los contras, no nos hablan de estadísticas reales de la enfermedad, de sus posibles complicaciones y los casos letales de dicha enfermedad, ni de los casos letales de dicha vacuna. Para el sistema médico no existen los efectos adversos graves de las vacunas. Pretenden hacernos creer que una vacuna es 100% efectiva (es decir que siempre inmuniza de aquello que pretende), y 100% fiable (que no hay nada que pueda salir mal) que si tiene efectos adversos son infrecuentes y poco graves, que es casi como inyectar un suero fisiológico que te protegerá de por vida de un montón de males.

La realidad es bien distinta. Que yo sepa  ninguna vacuna inmuniza de por vida, excepto superar la enfermedad y aún así, si no te ves expuesto en el resto de tu vida a dicha enfermedad para reforzar tus anticuerpos, puedes volver a ser vulnerable en la tercera edad. Pero eso no nos lo cuentan. Tampoco nos cuentan los casos graves de parálisis, daños permanentes o incluso la muerte por vacunas, que sí existen, que muchas veces son partidas en mal estado, o por condiciones inherentes a la persona vacunada cuyo sistema fisiológico puede tener alguna anomalía que le impida procesar alguno de los compuestos de la vacuna. Pero sucede. Y por todo esto que también sucede y que intentan minimizar y ocultar, hay padres que prefieren no vacunar.

Quizás lo ocultan con la pretensión de que vacunemos confiadamente… sin cuestionarnos nada, como la mayoría de las cosas en esta sociedad.  Pero creo que están consiguiendo justamente lo contrario. El movimiento antivacunas va cobrando cada vez mayor protagonismo, pero no es con el miedo con lo que hay que convencer a quienes han decidido no vacunar, sino con la verdad. Para empezar dejándonos decidir libremente, con toda la información en la mano y con cada vacuna por separado, porque puede que haya enfermedades que yo sí quiero prevenir y otras que no, y al contrario en personas diferentes. No pasa nada porque digan los casos reales de enfermedades que se complican y los casos reales de vacunas que se complican. Tenemos libertad para asumir riesgos porque, pase lo que pase, tomemos la decisión que tomemos, siempre, siempre LA RESPONSABILIDAD Y EL DOLOR POR NUESTROS HIJOS ES SÓLO NUESTRO.

Hagan estudios, dígannos qué falló en cada caso, tanto en las vacunas como en las enfermedades, dígannos qué porcentaje de vacunados están realmente protegidos, cada cuanto tendríamos que revacunarnos para ser realmente inmunes, investiguen qué podemos hacer para minimizar los riesgos, dígannos que es lo mejor y lo peor que puede pasar y DÉJENNOS DECIDIR. Porque si las vacunas protegen al 99% de los niños y matan al 1% ninguno de los que vacunamos querríamos ser de ese 1% y queremos saber que se está estudiando y haciendo todo lo posible por evitarlo, no por esconderlo. Es como los partos domiciliarios, cuando surge una complicación y muerte sale en todos los medios, pero la realidad es que también mueren madres y bebés en los hospitales ¿alguien duda que por ley de probabilidad esto es así? Sucede, dejen de esconderlo para llevarnos como ovejas al redil, para seguir inculcando miedo en la sociedad. Sólo LA VERDAD nos hará libres de tomar las decisiones y sentirnos en paz, cada uno con la suya, respetando a los que toman decisiones distintas a las nuestras.

Me pasé los tres últimos meses de mi embarazo con inflamación y dolor en la muñeca e insensibilidad en parte de los dedos. Los ginecólogos me recomendaron que ni siquiera usara un antiinflamatorio de uso tópico porque podría dañar a mi bebé. Tengo una amiga que está embarazada en estos momentos y, hoy por hoy, están vacunando a las embarazadas de tos ferina porque, al parecer, hay un brote de dicha enfermedad. ¿No es un poco incoherente que una pomada pueda hacer daño a un bebé intraútero y una vacuna sea completamente inocua? Es por esta clase de cosas que mucha gente termina desconfiando. No somos cobayas humanas.

La responsabilidad de los profesionales de la salud es informar de los tratamientos, pruebas y enfermedades, de los pros y los contras de cada actuación médica, con la verdad. La responsabilidad de los padres y madres es decidir y su decisión siempre será acertada aunque el resultado no sea el deseado.

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SER PADRE, SER MADRE

Ser padre o ser madre no es un derecho otorgado por la legitimidad de unos genes que se transfieren de un adulto varón o mujer a un nuevo ser humano. Ser padre o ser madre es un privilegio, un regalo que la Vida nos hace y es nuestro deber responder a ese regalo honrándolo, amándolo, protegiéndolo y cuidándolo.

Ser padre o ser madre, es mucho más 306979_461406930536728_1288266516_nque imponer nuestro criterio educativo en esos pequeños seres que vienen, aparentemente sin educación. Es asumir que hay una sabiduría innata en ellos que nosotros olvidamos y que nuestros hijos e hijas vienen a recordarnos. Es tener el valor de afrontar nuestra propia ignorancia de lo que olvidamos con la humildad de quien se sabe ignorante, abriendo nuestros sentidos al aprendizaje que nuestros hijos e hijas nos traen, en total presencia y atención, actuando y accionando en lugar de reaccionando.

Ser padre o ser madre es tener la misión de transformar en luz nuestra oscuridad para dar lo mejor de nosotros a cada momento. Y, aunque es evidente que nos equivocaremos, nuestros hijos no son un juguete con el que practicamos “cómo ser padres” mezclando un poquito de lo que no tuvimos en nuestra infancia y grandes dosis de patrones inconscientes, de sombras heredadas y del maltrato que nosotros también recibimos. Es atrevernos a ahondar en nosotros, en lo que se remueve con cada situación para transformar, con amor, todo lo que no nos guste de ellos en nosotros mismos, porque son sólo un espejo claro y digno en el que mirarse.Al tiempo que ellos confían en nuestra protección y amor para su crecimiento, nosotros también crecemos en el proceso de acompañamiento.

Ser padre o ser madre no nos confiere ningún derecho per se, somos meros acompañantes en el proceso de crecer porque nos elijen por amor, seremos seguidos si ejercemos un liderazgo amoroso que nuestras criaturas deseen imitar, pero tendremos rebeldía, frustración y, a la larga, mucha soledad, si imponemos nuestro criterio, manipulamos su inocencia, los amenazamos y castigamos, persiguiendo nuestra conveniencia o nuestra comodidad a toda costa, sin cuestionarnos nuestras propias motivaciones y el bienestar supremo de nuestros hijos a cada paso.

El respeto que mi hija siente hacia mí, es el mismo respeto que yo siento hacia ella, y también el mismo que yo me doy a mí misma el que le muestra a ella como tratarse a sí misma con respeto. El amor con el que yo me trato a mí es el mismo con el que la trato a ella, y del mismo modo ella me corresponde con su amor y se ama a sí misma como percibe que yo me amo a mí. Porque no hay nada que yo pueda ofrecer a los demás que no esté dentro de mí y es mi abundancia de amor, respeto, empatía y comprensión lo que rebosa y se reparte generosamente con quienes me rodean, y de este modo… lo que doy, me lo doy.

De igual manera que no tenemos derecho sobre los animales o la tierra que explotamos con total naturalidad como si fuésemos los amos y señores del mundo, tampoco tenemos derechos sobre nuestros hijos. Sólo se nos otorga el enorme privilegio de caminar una parte de nuestro camino a su lado y es nuestro deber honrar esta cesión sagrada que LA VIDA nos brinda.

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GRACIAS

1511216_1565268133713770_6417121548903172136_n   Ayer tuve una sesión muy bonita con una mujer a la que hace varios meses que acompaño en su proceso de transformarse a sí misma y transformar su vida.  La vi radiante, con un brillo distinto en los ojos, como una chispa de luz que acabara de prenderse. Le ha costado un tiempo asumir la TOTAL RESPONSABILIDAD de todo lo que le sucede. Cuando hablábamos sobre el tema de la responsabilidad, lo entendía, lo creía porque yo se lo decía, porque confía en mí, porque le ponía ejemplos de cómo esta responsabilidad creativa actúa en nuestras vidas, pero era como si lo entendiese sólo con su parte racional, lógica…. Todo lo que le explicaba tenía sentido para ella pero no conseguía aplicarlo e integrarlo en su vida de manera fluida y fácil. Y de repente, ayer volvió a consulta (viene a sesiones cada tres semanas) y había sucedido. Le pedí que me dijera como sucedió, como consiguió ese click que la llevó a sentirse por fin la creadora de su vida, recordamos las dificultades que tenía en su momento, pero ni ella ni yo sabemos cómo. En mi experiencia acompañando a otros en este proceso de ser más conscientes de sí mismos, de crear sus vidas desde la responsabilidad creativa en lugar de rendirse al victimismo, de vivir las oportunidades que representan los conflictos y los mal llamados problemas en nuestras vidas, siempre sucede así. Trabajamos, vamos poniendo ejercicios en práctica, analizando y cuestionándonos cosas y un buen día, es como si el cielo se abriera y toda la magia cayera sobre nosotros. Y una vez llegados a este punto sé que mi acompañamiento está acercándose a su fin, que la persona que llegó a mí meses atrás ni se parece a la que tengo delante en este momento.

Me siento profundamente emocionada cuando alguien florece delante de mí, ver a una persona en esa plenitud y belleza de quien ES realmente, de quien siempre fue, es lo que más me llena de mi trabajo. Me siento una privilegiada y el amor que siento en mi corazón por las personas que acompaño y por el proceso de cada una de ellas es inmenso. Ayer volví a casa con la sensación de plenitud que nos da el saber que hemos contribuido a la VIDA, que estamos cumpliendo con aquello para lo que vinimos.  Así que hoy escribo sólo para agradecer… GRACIAS, DE TODO CORAZÓN, POR PERMITIRME ACOMPAÑAR ESTE SALTO TAN HERMOSO A UNA VIDA PLENA Y LLENA DE SENTIDO. GRACIAS INFINITAS.

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Miedo o AMOR

Elegimos tener esta experiencia de vida a pesar de que la mayoría vive quejándose de ella. Enfermedad, dolor, conflictos en nuestras relaciones personales, problemas en el trabajo ¿de verdad vinimos para esto? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estamos aquí?

Conozco muchas personas que no están satisfechas con lo que les rodea, con lo que viven en su día a día y, aún así, son pocas las que toman las riendas y emprenden un camino diferente buscando una nueva mirada, un nuevo sentido que les lleve a mayor plenitud y esa felicidad tan ansiada.

Nuestro proceso vital podemos vivirlo de modo consciente o inconsciente. Hay unos pocos valientes que se hacen responsables de sus vidas, de sus experiencias y comienzan a ver oportunidades de crecimiento y transformación donde antes veían problemas. Y también hay otros muchos que llegan al borde de ese abismo, a ese momento en el que el salto de conciencia parece inevitable, intuyen que pueden volar, ven a otros que se les parecen volando a lo lejos y, de repente, miran abajo, se dan la vuelta y deciden seguir con sus vidas cansadas, dolorosas, pesadas, conflictivas y sin sentido. Y al final, todo es una elección, no hay buena ni mala suerte, es nuestra decisión abrir los ojos y comenzar un nuevo camino o volver por el camino ya recorrido. No hay víctimas ni culpables. Sólo hay miedo y amor, pero ambos no pueden ocupar el mismo espacio en nuestro corazón al mismo tiempo, así que, hemos de elegir, instante tras instante: ¿miedo o amor? ¿con qué elijo llenar mi corazón en este segundo de mi vida?10670207_711796332269071_5590038285621796029_n

Si eliges retroceder a través de ese túnel por el que llegaste, te deseo lo mejor en tu camino . Si eliges saltar a lo desconocido, te invito a compartir nuestro vuelo mientras amb@s disfrutemos la experiencia. 

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Sólo una opinión

 

 

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Es sólo una opinión. ¿Por qué nos sentimos amenazados cuando alguien opina diferente, o radicalmente en contra de nuestra opinión? En teoría, todo el mundo dirá que cada uno tiene su opinión y que todas son igualmente respetables. Pero cada día muchas personas discuten, intentan convencer al otro de que su opinión es Verdad o se sienten amenazados cuando alguien entra en conflicto con la opinión propia, a veces incluso con descalificaciones personales, burlas, insultos y violencia. Detrás de cada opinión hay una historia de vida, unas experiencias, unos prejuicios heredados y asumidos como propios y válidos. Por eso cada opinión es diferente, porque cada vida ha sido vivida de distinta manera.

 

Pero si regimos nuestra vida en base a nuestras opiniones y creencias, que posiblemente hayan cambiado mucho a lo largo de los años, cuando alguien está en contra de tu opinión no se queda ahí, está en contra tuya, de lo que crees que eres, de aquello con lo que te identificas, de toda esa construcción personal que has hecho en torno a ti sobre cada tema, noticia, situación, elección… y obviamente es una amenaza, más aún cuando es alguien con quien tenemos una relación más estrecha.

 

Cada uno intenta mostrar, como si de hechos científicos contrastados se tratara, por qué piensa de esa manera mientras se esfuerza en conseguir que la persona que tiene enfrente cambie de opinión. Y se cometen las mayores locuras en nombre de las verdades personales de cada uno, entre personas que se aman, entre colectivos con grandes ideales y también entre naciones.

 

Mi Verdad es sólo mía y eso no la hace menos verdad. Que nadie comparta lo que pienso o lo que siento con respecto a un tema determinado, no invalida en absoluto mi punto de vista. Nadie se equivoca cuando hace lo mejor que puede y cuando sus hechos nacen del corazón.

 

Cuando entramos en contacto con nuestra verdadera naturaleza, cuando nos despojamos de prejuicios, de juicios y condicionamientos, cuando sentimos en toda su magnitud aquello que en realidad somos, hasta dejamos de tener opinión en muchísimas cosas que antes parecían relevantes.

 

Cuando este cambio perceptivo sucede, de repente miras al mundo como si acabaras de nacer, sin expectativas, si saber qué está bien o mal, SIN QUE EXISTA BIEN O MAL. Miras a las demás personas como realmente son, más allá de sus máscaras y disfraces, muy adentro, donde reside la belleza de cada Ser y surge una compasión tan sincera, tan abrumadora que defender o justificar una opinión pierde todo el sentido, si es que alguna vez lo tuvo.

 

 Y a partir de ahí, las únicas relaciones que quieres tener son auténticas, honestas, comunicándote desde ese centro de belleza en ti, al centro de belleza del otro, porque el resto parece una mentira que ya no te puedes creer por más tiempo. Y es cansado salir al mundo de los disfraces porque tu energía es un valor que no quieres desperdiciar, porque cada palabra sentida es sagrada y si no es así no quieres hablar, porque tu personaje agoniza y no hay manera de relacionarse con los personajes de otros. Y la comunicación que descubres es hermosa, tan honesta y REAL que te renueva, y todo lo demás hastía, cansa, aburre y duele, como ponerse unos tacones para hacer una carrera campo a través. Y eliges, estás viviendo en este momento y lugar, eliges salir descalzo, sin disfraces e intentar llegar al otro, comunicarte desde ese centro de belleza y honestidad durante tanto tiempo como te sea posible aunque no llegues a ninguna parte, aunque tu verdad sea incomprensible, aunque aún no hayas terminado de darte la vuelta y ya estés escuchando susurros a tus espaldas, y a veces sonríes, y a veces lloras, porque la compasión lo llena todo y no hay lugar para el enfado ni la rabia. 

 

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PROFUNDO SILENCIO

Quien haya dormido alguna vez en el campo, lo sabe:10152601_789334961109871_1882293477_n

Hay un instante de silencio que separa la noche del amanecer. Cuando los animalillos nocturnos se callan y justo antes de que despierten los pájaros y habitantes del día.

Un instante de un profundo silencio que penetra, donde puedes escuchar hasta los propios latidos y sentir la eternidad al completo.

Un instante de silencio absoluto, como el lapso que hay entre la inspiración y la expiración… un instante que invita a quedarse en él para siempre y al que podemos retornar en cualquier momento.

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SERES ETERNOS

 

 

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Somos seres eternos que elegimos vivir una experiencia física en forma humana en este planeta Tierra. Esta premisa vibra en cada célula de mi cuerpo cuando la digo en voz alta o con tan sólo pensarla. Y desde este lugar las emociones, las relaciones personales, la crisis, la escasez, la abundancia, lo que tenemos y lo que nos falta, aquello que llamamos problemas, lo que nos preocupa y nos desvela, no son sino experiencias que elegimos sentir, porque esta forma humana, este cuerpo que elegimos es expresamente sensitivo. Podemos sentirlo todo, y seguramente por eso elegimos esta forma y este lugar para tener la experiencia que cada uno haya escogido. Pero como seres eternos, ¿qué sentido tiene quedarse enganchado en una emoción, en un problema, en una relación o en cualquier otra experiencia sensitiva? ¿No es acaso el hecho mismo de SENTIR el objetivo de estar aquí? Sentir y dejar pasar. Sentir y agradecer la experiencia de estar vivos, aun en el dolor, la enfermedad, el caos… Sentir y sentirnos afortunados de poder sentirlo todo porque es para eso para lo que vinimos.

 

Si somos seres eternos eligiendo vivir una experiencia en un cuerpo altamente emocional y sensitivo, el desapego de cada una de nuestras emociones y sensaciones es fundamental para continuar sintiendo y haciendo carne nuestro propósito original, de lo contrario no estamos más que repitiendo día tras día los ecos de nuestras viejas experiencias y negándonos la posibilidad de sentir las nuevas.

 

Creemos que vivimos en una realidad concreta, nos tomamos lo que sucede con la gravedad instalada en nosotros en la creencia de que esto que vemos es LA REALIDAD, la única realidad posible. Pero ¿y si no fuera así? ¿y si somos más que lo que creemos que somos en esta vida? Entonces sería como ver una película… mientras la veo puedo identificarme con uno o varios personajes, sentir sus emociones, darle rienda suelta a preguntas y respuestas, llorar, reír, vivir intensamente cada instante, aburrirme incluso en los momentos de menor acción… pero cuando acaba no me aferro a seguir sintiendo lo que sucedió en esa hora y media de proyección, no hago un drama porque se acabó, sigo adelante, haciendo otras cosas y viviendo otras emociones.

 

Puede que esta forma de verlo implique una pérdida de sentido, pero justamente el sentido, el único sentido es experimentarlo todo, vivirlo todo y soltarlo, dejarlo marchar para seguir experimentando, viviendo, sintiendo.

 

Como huésped de este cuerpo elijo cuidarlo y amarlo porque la calidad de mi experiencia en él será distinta en función de cómo lo utilice, pero sin apegarme a un resultado concreto, a que sea más saludable, más esbelto, más tonificado o menos arrugado. Me relaciono con parejas, hermanos e hijos de igual manera, dando lo mejor de mí, alegrándome y disfrutando plenamente los momentos de amor y alegrías compartidos, y también agradeciendo poder sentir la tristeza de la decepción, el conocimiento y el aprendizaje que implican. Si mi hija es feliz disfruto su felicidad, si está triste acompaño su tristeza, y sigo soltando, sin preocuparme porque ayer era feliz y hoy ya no.

 

¿Y si todas estas reflexiones también son una mentira? ¿Y si esta vida es lo único que hay y la única realidad es la que cada uno ve? En ese caso, puesto que nadie sabe cuál es la Verdad, eres libre de elegir creer la mentira que mejor te siente, aquella con la que transites por esta experiencia que llamamos Vida, sea la única o no, con la que puedas experimentar las cotas más altas de amor y felicidad. En cualquier caso, la elección es de cada uno de nosotros.

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EL PODER DEL PERDÓN

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Casi cualquier persona sobre la Tierra habrá escuchado o leído alguna vez lo importante y liberador que es perdonar y perdonarnos para sanarnos. O que el resentimiento sólo daña a aquel que lo siente. Lo que nunca antes había leído, ni escuchado es que pedir perdón pudiera liberar o sanar a otros.

 

Hace algunas semanas contactó conmigo una gran profesional y bellísima persona para comenzar una relación de colaboración laboral, en torno a la infancia y a las familias que emprenden la maternidad/paternidad de un modo más consciente. Conocí así a su familia, formada por su marido y su hijo, un niño muy especial de tan sólo un año de edad. A lo largo de las reuniones que hemos tenido para crear nuestro proyecto común he tenido la oportunidad de conocer a su hijo, Guillermo, un poquito más de cerca. Cuando mi hija tenía esa edad, yo sentía que había mucha comunicación entre nosotras, mucha más de la que la gente cree capaz a bebés de esa edad. Pero siempre pensé que era producto de mi convivencia y mi conexión con ella, yo veía, sentía y leía en sus gestos, en su mirada, en sus intentos de lenguaje… mientras que el resto de las personas no la veían como yo. Con Guille me ha pasado algo parecido. No sé si es porque hay una conexión con él que no he tenido con otros bebés aparte de mi propia hija, o simplemente porque él tiene muchas ganas de ser entendido y expresa vehementemente lo que otros bebés quizás sólo comunican a sus mamás.

 

La situación es que la mamá de Guille y yo hablábamos sentadas en el suelo de una gran sala diáfana mientras Guille la recorría con sus pasos de recién iniciado en el arte de caminar, un poco tambaleantes porque además tenía sueño  y estaba cansado, cuando tratando de llegar a su mamá se tropezó con mi pierna y se cayó al suelo. Yo no me había movido ni un centímetro, pero él no calculó bien y se tropezó conmigo. Lo ayudé a levantarse y lo consolé, mientras su mamá lo cogía para darle teta y consolarlo también. Él cogía la teta y la soltaba para mirarme a mí y expresar su emoción mientras yo le contestaba con frases como: ¿te caíste? ¿te hiciste daño, verdad? Y otras por el estilo con las que trataba de darle a entender que comprendía su dolor, aunque en ningún momento me hacía ni lo más mínimamente responsable de él, por supuesto… al fin y al cabo, él se tropezó, yo no hice nada para que se cayera, ni siquiera sin querer. Pero Guille no se conformaba con eso y seguía insistiendo en su lengua, con sus miradas  y sus gestos expresaba algo parecido a una queja. De repente y sin saber porqué, simplemente le dije: perdona, Guille, lo siento, asumiendo una responsabilidad que, podría parecer que no me correspondía. Guille me sonrió, dejó de quejarse y volvió a su reconfortante teta, visiblemente  satisfecho. Esto me hizo reflexionar mucho sobre los efectos del perdón. Puede parecer que yo no hice nada para que él se cayera, verdaderamente no lo hice, pero estaba allí y eso fue suficiente para él. No pedí perdón de entrada porque no asumí que tuviera que hacerlo, porque pedir perdón parece que implica aceptar que cometimos un error, consciente o inconscientemente, que hicimos daño, que somos “culpables” de algo, que sentimos arrepentimiento por nuestra actitud y si no tenemos estos sentimientos no hay razón alguna para pedir perdón. El caso es que, después de esta situación con un niño de tan sólo un año, me planteé que quizás, pedir perdón sea un acto de amor, no sólo con nosotros mismos cuando perdonamos a otros o a nosotros, sino también hacia las personas con las que interactuamos.

 

En el grupo que facilito también surgió el tema con todas estas resistencias. ¿Por qué no podemos pedir perdón sin aceptar esa carga de la culpa, el error o el arrepentimiento? Una pareja, ella contó su vivencia de un parto que no deseaba, que no planificó así y lo sola y desamparada que se sintió. Él se sintió impotente, pensaba que era más fácil… no sabía que las cosas se pudieran complicar tanto. Le pregunté: ¿Te gustaría pedirle perdón a tu mujer y a tu hijo? Su respuesta fue: Yo hice las cosas lo mejor que pude y no tengo que pedir perdón por nada porque no tenía más herramientas.

 

Evidentemente todos hacemos siempre lo mejor que sabemos. Pero ¿y si esto no nos exime de la responsabilidad que tenemos en cada situación por el simple hecho de ser parte de ella?. Como yo al estar sentada en el suelo y ser la responsable en alguna medida de que Guille se cayera. Si al pedir perdón no asumo culpa, arrepentimiento, error ni dolor, si sólo pido perdón por ser parte de un doloroso aprendizaje en tu vida porque te amo, ese perdón que pido también es sanador para ti, tanto como el que siento por quienes me han ofendido, o por mí misma cuando realmente me equivoco o me he creado una situación dolorosa.

 

Empiezo a vislumbrar que liberar el gesto de pedir perdón de otras cargas que quizás no le corresponden (asumir la culpa, el arrepentimiento, pensar que pudimos hacer algo diferente, que nos equivocamos…) podría tener efectos generativos en los demás ¿No sería tan sólo un acto de amor que no implica ningún castigo ni consecuencia hacia mí misma? Mi propia hija me lo muestra constantemente, el simple hecho de pedirle perdón la calma, la tranquiliza, la alivia casi de cualquier situación en la que yo me vea implicada aunque, en muchas ocasiones, no soy yo la que controla todo lo que sucede, pero viene a ser algo así como un acto de empatía en que, de algún modo inexplicable aún para mí, asumo la responsabilidad de estar ahí y conecto con su emoción.

 

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AMOR INCONDICIONAL

 

 

 

10430510_793763957340346_4973541623854589722_nTe amo por  ser quien eres. Te amo porque sé que eres mucho más que tus acciones, que tus conductas, que tus errores o tus aciertos. Te amo aunque no esté de acuerdo contigo, aunque desapruebe lo que piensas, lo que dices o lo que haces, porque en tu esencia y en la mía somos lo mismo y confío en que tu Ser más profundo sabe lo que se hace aun cuando mi ego crea que te equivocas. A veces te veo más allá de ti mism@, te veo engañarte, te veo darte excusas porque aún no te permites la honestidad de ser quien eres ahora, de amarte a pesar de lo que no te gusta de ti, de lo que crees que necesitas cambiar, de todo aquello que juzgas como bueno o malo tanto en ti mismo como en los demás. Y a pesar de verte te sigo amando, confiando en que tu proceso es sólo tuyo, haciéndome responsable de las resonancias que tus vaivenes y mentiras producen en mí, sin dar por ciertas mis elucubraciones pues yo también me equivoco y lo que pienso sobre ti, tiene más que ver conmigo que contigo

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Mamá, me dijeron desobediente…

Mamá, C. me dijo desobediente!!

C. es la profesora de psicomotricidad de Noa, que en dos días cumplirá 5 años. Sólo tiene clase con ella dos horas a la semana, el resto del tiempo está con E. una profesora de infantil que coordina una clase de 11 niños de 3, 4 y 5 años.

Como es lógico, al pasar Noa 23 horas a la semana con E. y sólo 2 con C. es lógico pensar que los conflictos se dan en mayor proporción con E. que con C. Sin embargo, a Noa sólo le afectan negativamente las cosas que suceden en clase de psicomotricidad.

Para mí, como persona que creo en la libertad de cada uno de nosotros y confío en las capacidades naturales que traemos al mundo y en que nuestras intenciones siempre son las mejores incluso cuando nos equivocamos estrepitosamente, ser “obediente” no es precisamente una cualidad que yo cultive ni en mí misma ni en mi crianza, es más… no es una cualidad en absoluto, si tuviera que calificar la obediencia es más probable que la incluyera en la categoría de defectos. Es posible que me hiciera la vida más fácil si mi hija acatara mis órdenes sin protestar, sin cuestionarse, sin confrontarme, sin entender lo que le pido ni porqué… pero realmente no me gustaría que esta fuera su forma de manejarse en el mundo cuando fuera adulta. Aún así, mi hija se sintió agredida, insultada por esa palabra: “desobediente”.

Sólo he hablado una vez con C., la profesora de psicomotricidad, porque eran muchos los momentos de tensión que vivía en casa con los insultos que esta mujer utiliza con los niños (malcriada, maleducada…), en particular con mi hija, niña educada en la “no obediencia ciega” y cuyas normas siempre son consesuadas y decididas con su presencia y participación activa. La veo entrar y salir todos los días al colegio cuando llevo o recojo a Noa y la energía que emana con su paso al caminar, con su cara de enfado permanente y una seriedad que raya la amargura en su mirada, no me parece la más idónea para trabajar con niños (ni con personas de cualquier edad). No es una persona abierta al diálogo, así de primeras, ni tampoco alguien que derroche simpatía, amor ni buen rollo a su alrededor. Así que comprendo que si en lugar de “desobediente” le dijera lo contrario con la misma energía mi hija también se lo tomaría como un insulto.

Con E., su profesora tutora, vive muchos procesos a lo largo de la semana y, alguna vez incluso ha venido diciendo que estuvo en la “silla de pensar”, herramienta educativa ¿? en la que yo no creo en absoluto pero que comprendo que, en algún momento, en una clase con 11 niños de tan distintas edades y necesidades, hasta una profesora abierta al diálogo pueda llegar a emplear. Y bien, a pesar de que esta herramienta de exclusión y tiempo fuera nunca se ha utilizado en casa, Noa no parece tan afectada por esto como por una simple etiqueta como desobediente, malcriada o maleducada de la otra profesora.

Para mí la diferencia estriba en quien es quien en este triángulo. E. puede verse desbordada en un momento dado, como yo, como tú que me estás leyendo, como todos. Conoce y quiere conocer la realidad de mi hija, sabe como pretendemos educarla y respeta nuestras creencias sin discutirlas ni confrontarlas. Sabe que nuestra forma de educar la hace diferente y se preocupa porque esta diferencia no sea dolorosa para ella atendiéndola, conteniéndola en muchas situaciones, incluso haciendo de intermediaria con sus compañeros cuando el “ser distinta” la lleva a situaciones de tensión con los niños de su clase.  Pretende integrarla y que sea feliz pero sin “robarle” su identidad, sin forzarla a entrar en un sistema que nos quiere a todos homogéneos (y eso que intuyo que ella, en el fondo, cree que sería mejor para Noa ser como todos los demás, tener menos personalidad, etc…). Para E. mi hija es un reto que la hace crecer como persona y como profesora, admite sus errores, valora todo lo positivo que mi hija indudablemente ES  a pesar de que muchas de sus virtudes no le resulten cómodas en su labor como maestra. Así que, evidentemente, si alguien que te valora realmente, alguien que conoce tu realidad, alguien que te respeta y quiere acompañarte en tu camino sin moldearte a su antojo, señala alguna de tus debilidades, te lo tomas de una manera muy distinta que si viene de una persona que te juzga y no ve más allá de los detalles de tu personalidad que le incomodan la vida. En definitiva, E. es una persona, que incluso en los momentos de tensión con Noa, tiende a valorarla como un ser que es mucho más que una simple anécdota puntual y, aunque se desborde en un momento dado, su energía y vibración es de comprensión y escucha, de atención y apertura. Muchas veces hemos hablado de sus dificultades con Noa, pero también de lo mucho que aprende de ella cuando la saca de su zona de confort, de cómo la obliga a mejorar, a mirar dentro de ella las emociones que resultan de las interacciones más difíciles. La única vez que hablé con C. fue justo lo contrario, una mujer a la defensiva culpando a una niña de 4 años y medio de todas las dificultades que tiene con ella en clase, una mujer que no valora ninguna cualidad en Noa, una mujer que no se hace responsable de lo que siente ni de lo que transmite vibracionalmente.

-          Mamá, C. me dijo desobediente!!

-          ¿Y cómo te sentiste tú?

-          Pues mal…

-          ¿Sabes que es ser desobediente?

-          No

-          Pues una persona desobediente es alguien que no hace lo que le dicen todo el tiempo, es alguien que, antes de hacer lo que le piden, quiere saber porqué tiene que hacerlo, quiere que le expliquen para qué, es alguien que quiere colaborar pero con consciencia, alguien con criterio propio para decidir por sí misma si lo que le están pidiendo quiere o no quiere hacerlo. Y una persona obediente es lo contrario, hace lo que le dicen y no le importa si dentro de su corazón siente algo distinto a lo que le mandan. ¿Cómo eres tú? ¿Con cual de estas dos personas te identificas?

-          Yo quiero colaborar pero si no quiero hacer lo que me mandan no lo hago.

-          Ah!!! Entonces aunque C. te dijo una palabra con una energía que no te gustó y te sentiste mal, en realidad dijo algo maravilloso sobre ti ¿no crees?

-          Mmmm…. Sí.

Las palabras no son bonitas ni feas por sí mismas, podemos sentirnos mal cuando interpretamos las intenciones del otro, cuando percibimos más allá de lo que nos están diciendo. Cuando somos adultos, incluso las mejores intenciones pueden ser malinterpretadas por nuestra propia mochila emocional cuando la densidad de nuestra sombra no nos deja percibir la realidad del otro sin el filtro de nuestra tendencia a infravalorarnos, a anticipar lo negativo, a ver lo peor en el otro y en nosotros mismos.

El lenguaje verbal es sólo un 7% de la comunicación entre dos personas, la mayor parte de heart_fieldla comunicación sucede en niveles más sutiles como los gestos, la mirada, el tono y la entonación de la voz, y aún más sutiles como la vibración que surge de nosotros y que es una información precisa de cómo nos sentimos en ese momento y respecto a la situación concreta. El campo vibratorio que nuestro corazón genera se extiende entre 2 y 4 metros a nuestro alrededor, así que, aunque no estemos diciendo nada con la boca, nuestros campos vibratorios se están comunicando en las distancias cortas, interactuando, mezclándose e intercambiando información.

Así que, desde mi punto de vista, además de las palabras (e incluso más) debemos cuidar esa vibración que emanamos de forma inconsciente en nuestro trato con los demás, especialmente con nuestros hijos. Podemos enfadarnos, podemos equivocarnos, pero la base sobre la que se sustenta todo nuestro pensamiento ¿cuál es?¿cuales son nuestras creencias erróneas que sostienen esta situación difícil? ¿nuestro campo vibracional qué emana?¿estamos sintiendo este conflicto como lo que es, una oportunidad, o como un problema?

 

 

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