Flores de Bach

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ORIGEN

El doctor Edward Bach, fue un médico británico que experimentó las propiedades energéticas de diversos tipos de flores silvestres de la región de Gales, en Gran Bretaña. Durante su formación y posterior trabajo como médico, cayó en la cuenta de que la misma enfermedad con el mismo tratamiento médico “oficial” evolucionaba de diferente forma en función, en muchos casos, de las características de las personas. También relacionó que algunas personas eran más propensas a padecer unas enfermedades y no otras, y estas personas tenían una serie de rasgos comunes en su forma de hablar, de moverse o pensar. Estudió la relación entre el carácter de las personas, las enfermedades y su curación, llegando a la conclusión de que el aspecto psicológico es una parte esencial del establecimiento y tratamiento de todas las enfermedades conocidas. El Dr. Bach no era partidario de técnicas invasivas para llevar a cabo sus curaciones, lo que le llevó a investigar otras maneras de equilibrar a los organismos para restablecer la salud. En su formación como homeópata, había constatado que una pequeña parte de los principios activos de las plantas era suficiente para ayudar al organismo a sanarse. Decidió ir aún más allá y comprobó, durante muchos años, que la energía de la planta, sin necesidad de inocular ningún agente químico en el cuerpo, también tenía efectos positivos en la salud, no sólo física, sino también emocional. Relacionó los estados emocionales y los tipos caracteriológicos de las personas con las enfermedades y nació el sistema floral: flores de Bach.

En 1983 la OMS (Organización Mundial de la Salud) recomendó explícitamente las flores de Bach como tratamiento eficaz y alternativo.

Con la validez de más de 70 años de comprobada eficacia y el aval que supone la OMS, me formé como terapeuta floral en flores de Bach en el año 2004 y, desde entonces, forman parte de mi servicio de acompañamiento facilitando aquellos procesos por los que las personas que recurren a mí están transitando. He tratado casos de ansiedad, depresión, estrés y muchas otras patologías psicológicas que suelen requerir terapias de años, en tan sólo unos meses gracias a la ayuda inestimable de las flores de Bach, reduciendo el sufrimiento de las personas, el gasto terapéutico y aumentando la calidad de vida en muchísimo menos tiempo que un tratamiento psicológico convencional.

En particular, en mi trabajo con niños, han demostrado una eficacia mucho mayor que en adultos. Los adultos, cuando notan la mejoría, empiezan a dudar, interfieren con el proceso con todas las trabas mentales que habitualmente nos ponemos los adultos. Los niños (y también los animales) son especialmente sensibles, no cuestionan la validez de lo que les sucede, simplemente se sienten mejor y así lo demuestran.

MI EXPERIENCIA

La utilización de las flores de Bach en niños va desde los miedos, los celos, la ansiedad, alergias, tendencia frecuente a enfermar a cualquier alteración de conducta. El tratamiento floral es especialmente útil para superar traumas ocasionados por nacimientos prematuros o instrumentales, separaciones de la madre, cesáreas, hospitalizaciones, etc… También han demostrado su eficacia en las mamás recientes para superar el período crítico del primer puerperio en el que todo a nuestro alrededor se desmorona y, conjuntamente con la terapia psicológica, ayuda a colocar las cosas en su lugar, poco a poco.

En mi familia, las flores de Bach son un elemento imprescindible para superar los períodos críticos asociados a la crianza como la salida de la dentición, problemas de sueño, pesadillas, miedos, estados de cansancio, gripes, virus varios, sensibilidad extrema, etc… y tal como decía el Dr. Edward Bach, si tienes hambre y vas al huerto a coger una lechuga, si tienes miedo a los ratones también puedes recurrir al huerto para tomar Mimulus (remedio floral indicado para algunos tipos de miedos). Al no tener efectos secundarios indeseables ni contraindicaciones, son unos remedios seguros tantos para niños como para adultos, compatibles con cualquier tratamiento médico que se esté tomando, aunque muchos clientes tratados con medicación para problemas como la tensión alta o la ansiedad, después de unos meses con flores de Bach han podido dejar sus tratamientos médicos para siempre sin peligro para su salud.

Desde mi punto de vista, son un remedio natural, fácil y seguro a tener en cuenta cuando nos surjan dificultades en la vida. No conozco a nadie que las haya probado y no esté satisfecho del resultado, aunque sí conozco muchos casos de personas que no tuvieron un terapeuta bien formado que hiciera  una buena diagnosis y no les hicieron efecto. Como en todas las cosas es importante rodearse de alguien que realmente conozca y ame las flores de Bach, investigue y se nutra de su experiencia ahondando cada vez más en el sistema. Cuanta más experiencia tenga un terapeuta y mayor sea su trabajo personal de investigación con el sistema floral, tanto más acertados serán sus diagnósticos y mayor será la ayuda que podrá ofrecer en sus tratamientos florales.

LAS CONSULTAS

El procedimiento en mi consulta es simple: mediante una entrevista personal (o una consulta a través de skype en su defecto) diagnostico las flores que necesita la persona consultante en este momento puntual de su vida, luego preparo las flores para un mínimo de dos semanas. También puedo contrastar mi diagnóstico en la entrevista testando las flores a través de kinesiología, en la que, básicamente, le preguntamos al cuerpo de la persona directamente qué flores necesita tomar en ese momento de su vida. El cuerpo nunca se equivoca y es quien accede directamente al conocimiento más profundo que tenemos sobre nosotros mismos y que bloqueamos constantemente con la mente.

Después de este tiempo, la persona puede volver a consulta o solicitar más flores si desea seguir tomando la misma fórmula durante más tiempo. Si quiere volver a consultar se revisa la fórmula, se quitan las flores que ya han cumplido con su objetivo y se añaden, si es necesario, las que tuvieron que quedar fuera la primera vez. El Dr. Bach recomendaba no utilizar más de 7 u 8 esencias a la vez, por lo que, si es necesario administrar más cantidad, se tratan los problemas más graves o incapacitantes en un principio y, con el tiempo, se retiran las flores que han cumplido su función y se pasa a los problemas secundarios.

Muchas personas piensan que el tratamiento floral es de por vida. Esto es cierto en la medida en que, cada vez que las necesitemos podemos volver a utilizarlas sin ningún tipo de riesgo. Pero en problemas complejos como la ansiedad, un tratamiento floral puede durar unos 3 ó 4 meses y luego suspenderse sin que los síntomas vuelvan a aparecer. Es posible, eso sí, que después de meses o incluso años, una misma persona se encuentre con circunstancias en su vida que le hagan recaer en la misma enfermedad. Eso es debido a que el carácter de una persona tiene las debilidades asociadas a esa enfermedad, con lo cual, su desequilibrio energético le llevará a repetir las mismas enfermedades cada vez que ocurra. En ese caso, el segundo tratamiento suele ser aún más corto que el primero. Es como si el cuerpo ya recordara el camino de sanación anteriormente recorrido y lo hiciera en menos tiempo.

Por su eficacia, por su inocuidad, por su poder curativo, recomiendo la utilización de las flores de Bach no sólo para los grandes problemas, sino también para las pequeñas dificultades transitorias que todos nos encontramos en la vida en más de una ocasión.

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Acostumbrarse y adaptarse

Hace ya algunos años reflexionaba sobre esa frase que escuchamos a menudo: “los niños se acostumbran a todo” o “hay que acostumbrarlo a….”. Mi reflexión giraba en torno al hecho de que, cuando hablamos de niños, acostumbrarlos a algo suele suponer introducir en sus vidas (intencionadamente por parte de los adultos) algo desagradable para ellos, y suele hacer referencia a algo que consideramos negativo (para nosotros, en mi opinión) cuando son los niños quienes supuestamente se acostumbran (se ha acostumbrado a los brazos, a venir a nuestra cama cada noche, etc…). La reflexión completa la puedes leer aquí.

Ciertamente es así como utilizamos esa palabra y, antes, en una versión menos actualizada de mí misma, tenía la creencia de que sólo necesitamos acostumbrarnos a cosas mayormente desagradables, que requieren un esfuerzo, o que no son espontáneas ni orgánicas en nosotros. De hecho hay otra frase que avala esta creencia que dice “a lo bueno se acostumbra uno rápido”. Pues hoy, años más tarde y varias actualizaciones personales después, me venía que incluso a algo mejor, algo que mejora nuestra calidad de vida, podemos necesitar de un tiempo para integrarlo, aceptarlo y disfrutarlo plenamente. Aunque en este caso siento que la palabra más apropiada sería ADAPTACIÓN. Imaginemos que vivimos nuestra cotidianidad de una forma en la que hemos incorporado costumbres, formas de actuar, de vivir, de relacionarnos que nos son útiles o nos permiten funcionar medianamente bien en el mundo. Como todo se puede mejorar, de repente nuestra realidad cambia, cambio de trabajo (a uno mejor), cambio de pareja (a alguien con quien tenemos mayor afinidad), cambio de casa (a una más bonita o que se adapta mejor a nuestras necesidades), cambio de coche (uno más nuevo y de mayor calidad), etc… y a pesar de ser conscientes de la mejoría necesitamos un período de adaptación.

Sí, quizás parezca un poco triste, al menos a mí me lo pareció cuando comencé a reflexionar sobre esto, pero es curioso que, hasta para mejorar nuestra calidad de vida, necesitamos un período de adaptación, así somos como seres humanos, nos “acostumbramos” a todo, tal como reza aquella frase de mi reflexión anterior.

Y pensando en estas dos palabras y en la diferencia entre ellas, en mis propios procesos de adaptación de los últimos años, que no han sido pocos y todos a mejor sin ninguna duda, me surgió la famosa “Adaptación” del colegio que muchos padres y niños viven con cierta angustia cada comienzo de curso. Como muchas de las personas que ya me conocen y me leen desde hace tiempo sabrán, yo no creo en la educación pública, y mucho menos en la escolarización temprana. Al menos, no como algo que aporte un beneficio a los niños. Si somos honestos con nosotros mismos y a  poco que observemos la realidad de nuestros hijos, es fácil darse cuenta de que la mayoría de los niños menores de 4 años lo que necesitan es estar en familia, relacionarse con el mundo desde la seguridad que ofrecen las figuras de apego que hasta ese momento el bebé/niño haya establecido. Lo que no es tan fácil reconocer es que, escolarizamos cuando las necesidades adultas (trabajo y horarios laborales principalmente) lo requieren a pesar de que nuestros hijos aún puedan no estar preparados para vivir esa experiencia como algo que mejora su calidad de vida y adaptarse verdaderamente a ella, en lugar de simplemente acostumbrarse.

Pues bien, cuando mi hija tenía casi 4 años, pidió ir al colegio… supongo que como le suele pasar a todas las madres y padres del mundo, mi hija vino a poner a prueba mi propia resistencia a la escolarización, ante la que yo, por supuesto, cedí. Elegimos para ella una escuelita Waldorf, por ser el entorno más respetuoso que conocíamos, y el proceso de adaptación fue de un mes, un largo mes en el que yo la acompañaba y me quedaba con ella, cada día más tiempo, pero en el que, a poco que yo saliera del colegio y me diera un paseo por fuera, mi hija ya no quería estar allí. Al  mismo tiempo, madrugar e implantar las rutinas para poder ir al cole era un suplicio, pero aún así ella quería ir y llegábamos tarde con frecuencia. Después de un mes y sin ninguna necesidad laboral o de otro tipo que me impidiera seguir acompañando a mi hija en casa, decidí que, definitivamente y por más que ella lo hubiera expresado, no era su momento, pues si el colegio verdaderamente mejoraba su calidad de vida, si de verdad ella necesitaba ese ambiente para desarrollarse mejor, la adaptación habría sido exitosa y, desde mi punto de vista, no lo fue. Dentro del colegio, muchas veces sus compañeritos entraban a clase mientras ella se quedaba conmigo fuera, en el patio, solas las dos jugando en el arenero, ante lo cual yo me planteaba si no sería más efectivo y práctico poner un arenero en casa.

Seis meses más tarde Noa entró en una escuelita unitaria, con un ambiente mucho más estructurado que en la escuelita Waldorf, aunque muchísimo más respetuoso que lo que suele ser la norma en la educación pública, y, como no teníamos previsto escolarizarla, entró un mes más tarde de lo que comenzaron sus compañeros. La adaptación duró media hora, después de la cual ella se quedó sola en clase disfrutando e integrándose como si llevara allí toda la vida. Se levanta temprano ella sola la mayoría de los días, y habla mientras desayuna de las cosas que va a compartir con sus compañeros o su profesora ese día. Si un día no quiere ir, no va, pero cuando han llegado las vacaciones lo normal es que le resulten largas y eche de menos las experiencias que allí tiene. Algunos días vamos con ilusión y, al llegar allí (sobre todo si hemos llegado tarde y sus compañeros ya están en clase) una timidez extrema o miedo la invaden y no quiere entrar. En esos casos la acompaño, me quedo la primera media hora en su clase (la profesora es maravillosa y no sólo nos permite estas licencias sino que nos apoya) y ella vuelve a sentir que prefiere quedarse allí que volver conmigo a casa.

Algo que facilitó la experiencia, a mi entender, fue mi propia seguridad y confianza en el proceso. En el momento en que tomamos la decisión de escolarizar, realmente no teníamos otra opción, fue un momento complicado en nuestra vida familiar y la situación lo requería. Así que, en lugar de vivirlo como un fracaso, una ruptura con mi sistema de creencias, o una frustración,  lo viví como una oportunidad que la Vida me brindaba, a mí y a mi hija, algo que, de alguna manera, llegaba en el momento oportuno porque era necesario para nuestro crecimiento como familia, de lo que ambas nos enriqueceríamos aunque en ese momento pudiera parecer otra cosa. Y así ha sido realmente. No sé qué pasará el curso que viene, dado que ese oasis perdido de la educación  pública lo cierran a finales de este curso 2013/2014 y mis convicciones sobre la educación pública no han cambiado en lo básico, pero lo que sí sé es que mantenerme en mi confianza en la Vida y centrada en ser un apoyo vibracional y energético para mi hija, puede hacer que cualquier situación, por imprevista o desagradable que parezca en un principio, facilita el tránsito. Y esta conexión con mi Ser, con la Vida, con ella… es, para mí, la base de todas las relaciones humanas, pero más intensamente, en el acompañamiento a nuestros hijos e hijas.

Sigo sin creer en las “bondades” de la educación pública, sigo pensando que el crecimiento y la educación en casa es mucho más completo, más integral que en un colegio, mayor cuanto más pequeño es un niño, pero las realidades tan variadas de cada familia pueden hacer que las circunstancias requieran algo diferente y, para mí el hecho de sentirnos presentes, habitarnos, conectar con nuestra esencia y con las de nuestros hijos es el recurso más valioso que tenemos para asegurar un tránsito más fácil y amoroso en cualquier situación que la Vida nos traiga.

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Los comienzos…

10247456_625886917486990_1441677303101297611_nPara mí el comienzo de una vida se sitúa mucho antes del nacimiento, de hecho siento que la vida es eterna y somos Vida, una conciencia, alma o como queramos llamarlo disfrutando, por tiempo limitado, de las experiencias que sólo se pueden SENTIR a través de un cuerpo. Siento que venimos al mundo y elegimos la familia a la que queremos pertenecer, aquella con la que nuestra alma se enriquecerá de las lecciones que necesita para superarse y crecer.

Por otra parte, considero que no es lo mismo concebir a un hijo con plena consciencia y deseando la venida de un nuevo ser a nuestras vidas para amarlo y darle lo mejor que somos capaces de dar, que concebir a un hijo por error, accidente, sin desearlo. De todos modos, aunque este haya sido el inicio, nada impide a unos padres, o a una madre sola, amar a un bebé que se ha gestado sin consciencia o sin planificar, pues la Vida, siempre sabia, a veces nos envía lo que necesitamos y no lo que planificamos. Aún así, en mi acompañamiento a las familias siempre tengo en cuenta esos inicios, pues no son pocas las veces en las que ese comportamiento o situación que preocupa a los padres sobre un bebé/niño viene desde la concepción, de las emociones que surgieron en la mamá o el entorno más cercano a partir de ese momento y que, para mí sin ninguna duda, se impregnan en los seres humanos que gestamos y parimos. Hay varios estudios que avalan esta creencia, y algunos otros en los que no se dan explicaciones ni se facilitan conclusiones pero que, de una manera indirecta, también invitan a pensar que esto es así. Con todo y eso, yo no soy partidaria de hacer uso de los estudios, los leo si me interesan, pero he leído demasiados estudios e investigaciones que arrojan resultados opuestos en función de quien o quienes los subvencionen, como para dar credibilidad absoluta a ninguno de ellos. Es por ello que no cito estudios en este blog, ni en mis talleres ni consultas, simplemente ofrezco mi sentir, mi punto de vista, mi intuición y mi experiencia al servicio de las familias que resuenen con mis creencias, nada más, esto es lo que soy y confío plenamente en que mis conocimientos y experiencia resultarán de utilidad, ayuda y apoyo a quienes lleguen a mí, del modo que sea. Una cosa sé con certeza: NADA ES CASUAL y si tú que me lees llegaste aquí, también tiene su “para qué”.

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Costumbre

Hay una palabra que me ronda la cabeza y que se utiliza mucho cuando hablamos de niños. Hablo del verbo acostumbrar y sus derivados, malacostumbrar, ha cogido esa costumbre, etc…

¿Qué significa acostumbrarse a algo? Según el diccionario significa “hacer que una persona tome costumbre o hábito. Tener hábito de hacer determinada cosa”.

¿Por qué nos acostumbramos a las cosas? A base de repetir ciertas acciones, llegamos a hacer costumbre o hábito. Hay cosas que empezamos a repetirlas, hasta que se convirtieron en costumbre, porque nos gustaba hacerlas. Otras son exigencias de la vida, que sin que nos gustaran en exceso, tuvimos que hacerlas porque era imprescindible para nosotros, es decir, no nos gusta trabajar, pero necesitamos el dinero que nos supone al final de mes. No nos gusta madrugar, pero lo hacemos porque si no llegamos tarde al trabajo y nos echan. No nos gusta lavarnos los dientes, pero lo hacemos porque nos gusta aún menos ir al dentista con una caries. Para las cosas que no nos gustan, siempre hay algo que lo compensa de alguna manera.

Pero para los niños no es así. “Los niños se acostumbran a todo”, dicen por ahí. Es cierto, si por acostumbrar entendemos que sobreviven haciendo cosas que no desean hacer, si entendemos que con el tiempo, terminan haciéndolas sin quejarse tanto como al principio. Terminan por no quejarse porque, cuando lo intentaron, fracasaron una vez tras otra. Y lo que aprendieron fue que no merece la pena luchar contra ese algo concreto que les obligan a hacer porque al final siempre ganan los adultos. No nos engañemos, ningún niño aprende a hacer algo que no les gusta, ni se acostumbra a ello porque entienda las razones por las que hay que hacerlo.  Simplemente se han rendido y la lección que queda en su subconsciente es que hay cosas por las que no merece la pena luchar.

Efectivamente, en muchos casos no nos queda más remedio que obligar a nuestros hijos a ciertas cosas, pero ¿realmente son tantas? ¿de verdad no podemos renunciar a algunas de ellas en favor de su autoestima y su bienestar? Y, en el caso de las inevitables, ¿no es mejor convencer, incitar, atraer, captar y persuadir en lugar de ACOSTUMBRAR?

Hacer algo por propia voluntad siempre es mucho más satisfactorio, aprendemos más, lo disfrutamos y favorece nuestra autoestima. Hagámosle ese regalo a nuestros hijos e hijas.

 

 

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