SER PADRE, SER MADRE

Ser padre o ser madre no es un derecho otorgado por la legitimidad de unos genes que se transfieren de un adulto varón o mujer a un nuevo ser humano. Ser padre o ser madre es un privilegio, un regalo que la Vida nos hace y es nuestro deber responder a ese regalo honrándolo, amándolo, protegiéndolo y cuidándolo.

Ser padre o ser madre, es mucho más 306979_461406930536728_1288266516_nque imponer nuestro criterio educativo en esos pequeños seres que vienen, aparentemente sin educación. Es asumir que hay una sabiduría innata en ellos que nosotros olvidamos y que nuestros hijos e hijas vienen a recordarnos. Es tener el valor de afrontar nuestra propia ignorancia de lo que olvidamos con la humildad de quien se sabe ignorante, abriendo nuestros sentidos al aprendizaje que nuestros hijos e hijas nos traen, en total presencia y atención, actuando y accionando en lugar de reaccionando.

Ser padre o ser madre es tener la misión de transformar en luz nuestra oscuridad para dar lo mejor de nosotros a cada momento. Y, aunque es evidente que nos equivocaremos, nuestros hijos no son un juguete con el que practicamos “cómo ser padres” mezclando un poquito de lo que no tuvimos en nuestra infancia y grandes dosis de patrones inconscientes, de sombras heredadas y del maltrato que nosotros también recibimos. Es atrevernos a ahondar en nosotros, en lo que se remueve con cada situación para transformar, con amor, todo lo que no nos guste de ellos en nosotros mismos, porque son sólo un espejo claro y digno en el que mirarse.Al tiempo que ellos confían en nuestra protección y amor para su crecimiento, nosotros también crecemos en el proceso de acompañamiento.

Ser padre o ser madre no nos confiere ningún derecho per se, somos meros acompañantes en el proceso de crecer porque nos elijen por amor, seremos seguidos si ejercemos un liderazgo amoroso que nuestras criaturas deseen imitar, pero tendremos rebeldía, frustración y, a la larga, mucha soledad, si imponemos nuestro criterio, manipulamos su inocencia, los amenazamos y castigamos, persiguiendo nuestra conveniencia o nuestra comodidad a toda costa, sin cuestionarnos nuestras propias motivaciones y el bienestar supremo de nuestros hijos a cada paso.

El respeto que mi hija siente hacia mí, es el mismo respeto que yo siento hacia ella, y también el mismo que yo me doy a mí misma el que le muestra a ella como tratarse a sí misma con respeto. El amor con el que yo me trato a mí es el mismo con el que la trato a ella, y del mismo modo ella me corresponde con su amor y se ama a sí misma como percibe que yo me amo a mí. Porque no hay nada que yo pueda ofrecer a los demás que no esté dentro de mí y es mi abundancia de amor, respeto, empatía y comprensión lo que rebosa y se reparte generosamente con quienes me rodean, y de este modo… lo que doy, me lo doy.

De igual manera que no tenemos derecho sobre los animales o la tierra que explotamos con total naturalidad como si fuésemos los amos y señores del mundo, tampoco tenemos derechos sobre nuestros hijos. Sólo se nos otorga el enorme privilegio de caminar una parte de nuestro camino a su lado y es nuestro deber honrar esta cesión sagrada que LA VIDA nos brinda.

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